censura

Pueblo muerto

Ríos de tinta corren por nuestros mentideros, oficiales o no, y no es para menos.

Pertenezco a una de esas generaciones que recuerda la muerte de un dictador como aquella vez en que se libró de ir al colegio, con 2 días libres extras en el calendario. Una de esas generaciones que no salía a la calle a protestar ni se jugaba la vida entonces porque ya se la habían jugado sus abuelos y abuelas, sus padres y madres. Aparte de eso, mi naturaleza rebelde, la educación recibida y, seguramente, algún gen subversivo heredado de mi familia paterna, me convirtieron en una luchadora que nunca perdió la empatía por aquellas que fueron torturadas, amordazadas, expulsadas, encarceladas y/o asesinadas; por sus familias, por su lucha heroica. Y, como la historia demuestra que siempre hay algo por lo que seguir peleando, a mí me tocó concentrarme en lo laboral y sindical, porque esa democracia que nos contaban que tanto esfuerzo había costado conseguir, no dio para mantener muchos de nuestros derechos y hubo que estar alerta ante la sumisión de la mayoría de dirigentes sindicales. Digo yo que, una vez gobernaron “los suyos”, todo se precipitó hacia el clientelismo, el peloteo, la corrupción y un constante meter mano en la caja pública.

Llevo unas cuantas semanas sin poder quitarme de la cabeza a esas generaciones que vinieron después de mí; que llegaron en “plena democracia”; esas que desconocen gran parte de la historia (y que apenas se interesan por ella). Jóvenes y menos jóvenes que no necesitaron reclamar su derecho a voto, que no se plantearon la vida entre rejas por levantar el puño y que jamás tuvieron miedo a ser asesinados por haber elegido como pareja a alguien de su mismo sexo, por ejemplo.

Hoy, como entonces nuestr@s padres y madres, hay cientos de miles de personas que se ven obligadas a dejar atrás su patria porque aquí pinta fatal el presente y el futuro. Lo hacen, en general, por motivos económicos, aunque ni siquiera todas las que quieren pueden marcharse. Dejan sus barrios, sus recuerdos, sus amistades, su música y el sabor de sus platos; esa es la patria que sienten, no la de las banderas. Y esa es la que echarán de menos cuando se alejen.

Y no me quito de la cabeza a es@s jóvenes de hoy porque me pregunto cómo sienten hoy, quienes se quedan, que muchas de las cosas que dieron por sentadas (poder decir lo que piensan, por ejemplo; asistir a un espectáculo, leer un libro, pasear por la calle), que muchas de esas cosas corran el riesgo de esfumarse en poco tiempo. Que lo conseguido durante años, durante siglos; aquello por lo que lucharon sus abuelos y abuelas, de pronto ya no podamos darlo por hecho.

Con los resultados de los últimos comicios, terminan de ponerse en evidencia las verdaderas intenciones de aquellos que nos vendieron la moto de la democracia. Bueno, que intentaron venderla, porque no todas estuvimos dispuestas a comprar semejante cuento-trampa. Salen a la luz toda la tiranía y la prepotencia de quienes vivieron durante años en la opulencia y que ven peligrar seriamente su estatus.

Es posible que todavía haya cientos de miles de personas que no tengan ni idea de lo que está pasando. Desde el minuto 1 en el que las derechas de siempre decidieron que pactar con el fascismo “moderno” ayudaría a minimizar su propia debacle, las consecuencias empezaron a notarse y se encaminan a algo que – aunque me gustaría tachar de imprevisible – muy probablemente termine en otro período negro de nuestra historia; tampoco es tan difícil de imaginar, dadas las circunstancias. En pleno siglo XXI, más de 50 años después de que España se alegrara por recuperar el aliento como país, contemplamos estupefactas cómo el nuevo “gobierno” del ayuntamiento de Madrid (y el de Oviedo, por ejemplo), en manos de fascistas y quienes les apoyan, CENSURA descaradamente todo lo que le huele a cultura y venga de grupos, colectivos o artistas “sospechosos” de ser antisistema y/o rojos de mierda que se decía antes. Sean quienes sean, si el equipo de gobierno anterior había contratado sus conciertos, automáticamente estos fascistas los plantan en una lista negra y LOS SUSPENDEN, LOS VETAN, LOS CENSURAN. Que nadie se sorprenda, que esto no es una invención. Hace unas semanas el Ayto. de Oviedo decidió anular la actuación de 21 artistas distintos (algunos extranjeros) para las fiestas de San Mateo. Entre las víctimas, Rozalén y Rayden. Poco antes, el Ayto. de Málaga decidió anular un concierto de Def Con Dos. Esta misma semana hemos sabido que el Ayto. de Madrid ha cancelado el concierto de Luis Pastor y su hijo Pedro (¡¡gustazo da comprobar las astillas que sueltan ciertos palos!!).

Y así estamos, escondiéndonos entre el rebaño, queriendo creer que no nos afectan sus movimientos, su falta de pasto o sus tardes en mitad de la meseta, achicharrados y nerviosos. Aquí malvivimos, echando la culpa a nuestra compañera oveja, pegándonos con ella para que no nos quite el sitio que creemos nos pertenece dentro del rebaño (¡¡… tan ilus@s seguimos!!)

A lo largo de tantos años, he podido cruzarme en muchas luchas con cientos de miles de personas de mi generación. Todo lo que hemos pedido siempre a gritos, aunque no sólo para nosotras, se resume en las 3 palabras que se convirtieron en lema oficial de la revolución francesa: Libertad, Igualdad, Fraternidad. El pueblo no ha meditado lo suficiente sobre el significado de estas palabras y su auténtica fuerza si pudiéramos pasearlas siempre juntas. Aunque nos resulte un misterio, nuestro pueblo continuará en ese estado de duerme-vela por unas cuantas generaciones más; yo ya no espero nada nuevo en el horizonte.

Rendirse es algo que descarté de mis principios, pero conviene tener muy presente que estamos profanando la memoria de quienes, aun conociendo las consecuencias, decidieron seguir avanzando en busca de justicia (para ti, para nosotras), sabiendo que no serían ellas y ellos l@s beneficiados.

Un pueblo sin memoria es un pueblo muerto.

@YoSoyLadyBird

2 comentarios

Los comentarios están desactivados.